jueves, diciembre 01, 2005
Los caza chicles

Quien no ha pisado alguna vez un chicle. Qué putada. Se agarra a la suela del zapato con más fuerza que la jerarquía igleso-católica a la demonización del condón, que no está tan lejos una cosa de otra, que ambos son gomas, una de mascar (masticar que diríamos aquí) y la otra de preservar (y aquí no entro en establecer otra relación con lo de masticar). ¿Y que ocurre con todos esas diminutas bolitas de goma esputada? Eso, una putada, porque se chafan en el suelo y dejan las aceras hechas un asquito, incluso, un asco.
Un punto de especial emporcamiento se sitúa en el Paseo de la Independencia de Zaragoza, en la purita City. Joya de la corona que fue del anterior reinado de la derecha en el consistorio que se embarcó en ponerlo patas arriba para “modernizarlo” y en esa faena descubrirnos a los zaragozanos que bajo los coches y autobuses dormía todo un barrio musulmán que se apresuraron a cubrir nuevamente. Ya se sabe que cuando la obra interesa, los hallazgos arqueológicos “no son de importancia”.
Para solucionar eso –lo de los chicles sobre el Paseo, no lo del hallazgo bajo el mismo- al Ayuntamiento de Zaragoza no se le ocurrió otra cosa que hacer que la concesionaria de la limpieza pública creara una brigada con unos empleados que se dedican a ametrallar los pegotitos adheridos al asfalto a base de chorrazos de agua caliente a presión y golpecitos de barra para convencerles de cejar en su pertinaz aferramiento. Imagínesen ustedes, pacientes oidores de este hablador, cuantísimos corpúsculos chiclosos salpican la extensa superficie, de generosas aceras, tan generosas como los incrementos de impuestos de los sucesores en el edilazgo de aquellos levantadores de asfalto antes mencionados.
Todo el año se pasan los dos señores de la limpieza con su cañón de agua dale que te pego –más propiamente dale que te despego- como señora María con su vaporeta o Stalone con su ametralladora, “¡Dios, no siento las piernas!” (me planté en ese porque el gobernador de California Mr. Chocheneger ya me pilló mayor). Todo el año, digo, día tras día como si no hubiese chicles en el resto de la ciudad. Desconozco si los ciudadanos radicados en Independencia ingresan al erario municipal una tasa extra por deschicletización pero tan solo he visto a los Chiclators en esas dos aceras mañas. ¿Viven allí?
Conociendo la proverbial mala uva que nos caracteriza a los españoles supongo a esos ensuciadores profesionales, lanzadores de palillo y hueso al suelo de los bares, vertedores impertérritos de ex-cigarrillos al firme, escupidores de chicle, tiradores de élite del gargajo certero, incrementando la siembra de gomillas chuperreteadas bajo los argumentos fácilmente imaginables de “como gastan mis impuestos en esto ahora no voy a dejar de escupirlos” o “si tiro el chicle estoy dando trabajo a dos personas”. Pero la pregunta del millón es ¿a qué precio sale el chicle desprendido? Fácil será que la respuesta esté en la pregunta: a millón.
